Quintanilla de Arriba

Los inmortales

MARIBEL RODICIO

    Hablábamos ayer de muertos, de protagonistas de esa gran escapada que, a la postre, hasta es la mejor opción posible. Y contábamos de vacíos, de dolor, de calles habituales y bares del recorrido casi diario en los que nunca volverás a encontrarte con la sonrisa abierta y el corazón franco de uno de esos poquísimos amigos que logras hacer, o ganar o milagrosamente encontrar como en una lotería, a lo largo de esta vida.   

    Enterramos ayer a un amigo, mío y de muchos más. Paco, el pintor, el de Quintanilla de Arriba, fue tan desbordadamente afectivo que, valores artísticos a un lado, ¡ y los tenia !, fue generando una larga, amplia, ancha, envolvente y cálida costra de amigos. Tan universal y tiernamente uterina como la capacidad de afecto y de cariño que desarrolló, regaló y brindó en 49 años de vida.

    Rural y urbano, académico y autodidacta, endógeno y universal, vallisoletano y parisino y romano y neoyorquino, Paco, siempre Paco, pintaba el alma y la esencia de Castilla, sus gentes y sus gestas.

    Decían ¡qué gozosamente recuerdo su última exposición en la Alonso Berruguete!, los críticos y crípticos, que Francisco Javier Arranz, mi amigo Paco, era discípulo de, en pintor, de Diaz Caneja, Vela Zanetti, Meneses...y, en escultor, aunque él siguiera embadurnando lienzos de escultura plana, de Julio Antonio, Victorio Macho... los bustos de la raza.

    A mí, desde que le conocí, por fortuna desde hace muchos años, me gustaba el calor y el color de sus manchas. Hablábamos en un mismo idioma. Discutíamos, civilizada y culta discusión, por que sus bardas pintadas y las mías, sentidas de distintas medidas, pero soñadas siempre, eran un poco más enhiestas, menos derruidas  que las de la realidad cotidiana

  Pero tuvimos y tendremos, Paco y yo, algo en común, un amor casi enfermizo, no me importa descubrirlo, por esta tierra, por Castilla, por

 sus gentes y sus gestas, por el haber sido y el no poder seguir siendo, aun a pesar nuestro.

    En la mejor pared de mi casa me saluda todos los días un hombre, un rostro, hecho de surcos y de historia. En la tapia cercana, a su espalda, un gallo multicolor, como los de Curueño, despierta el alba. Y yo, gracias a Paco Arranz, me despierto pensando en esta tierra y sintiendo, como él, que, a pesar de tantas dejaciones, traiciones y malos pagos, tenemos un nuevo día por delante para seguir empujando, defendiendo, luchando, reivindicando.

    Enterramos a Paco, sin sujetar las lágrimas, su familia, Adrián, el señor José, yo y tantos otros. Mas para quienes compartimos la gozosa alegría de conocerle, de quererle, de sentirle, solo enterramos un cuerpo. Su arte, su pintura, su voz cálida, su sonrisa grandota, orlada de un bigote poblado y la música muda o ruidosa de unos vinos compartidos, seguirán formando parte de nuestro aquí y nuestro ahora hasta que la parca llegue.

    Sin alcanzar las cumbres de caprichosas musas o economicistas marchantes, Paco Arranz es un inmortal. Así le siento y así le lloro. Me dio más en amistad y afecto que en arte. Es un decir. Y a tantos, tantos, tantos...

    Cuando el próximo 13 de junio, festividad de San Antonio de Padua, volvamos en romería al Cristo del Cabañón, mecenazgo de Paco y otros amigos, le descubriremos en el fresco que arropa al Cristo de la pequeña capilla, casi un humilladero, en el monte que acogió tenadas y rebaños.

Y es que, cuando el patrimonio sacro se derrumba, salta la chispa, y un cristiano de a pie levanta una pequeña ermita, no hay duda de que estamos ante un elegido, un inmortal, una persona irrepetible. Ruega por nosotros, Paco.

Articulo que apareció en El Norte de Castilla
el viernes, 3 de noviembre de 1995