Quintanilla de Arriba

 

En recuerdo de mi abuelo, Félix Redondo, el herrero de Quintanilla.

 

Algún que otro día de invierno, cuando se impone el encierro en casa, me da por mirar la página web de Quintanilla de Arriba, el pueblo al que he ido todos los veranos de mi vida, y, parece que me llega algún rayo de sol, junto al eco de unas risas y el saborcillo a verdejo o a ribera. Siempre, me acuerdo de mi abuelo, que los mediodías de verano me llevaba a la bodega montada en un burro para regresar justo a la hora de comer con el vino metido en una herrada de agua fresca del pozo (me río yo de los gourmets urbanos y las tiendas de delicatessen).

Mi abuelo, que a mi hermana Maro llamaba “ojos de luz” y le pelaba las uvas, que con dos tenazas sacaba a la calle, al rojo vivo, el aro de la rueda de un carro, y la colocaba, a la vez que las mujeres de la calle echaban agua fría y el humo subía y silbaba…

Mi abuelo, el señor Félix, el herrero, cuya labor en la fragua continuaron muchos años mis tíos Ladis y José, y que en las bodegas animaba el cotarro con sus decires y sus dichos. Como homenaje y recuerdo a él y a tantos otros que hicieron la historia menuda y cotidiana del pueblo, me gustaría aportar esta foto (la única que yo tengo de él) y estos versos que “el nieto del tío Lesmes” le dedicó hace tantos años, donde aparecen junto a él otros personajes que serán, todavía, recordados por unos cuantos habitantes de la Quintanilla actual.

¡UN BRINDIS POR TOD@S CON VINO QUINTANILLERO!

La Maribé (Begoña), la chica mayor de la Aurora y nieta
del señor Félix, el herrero, que en paz descanse.


Con el jarro en alto

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Señor, don Felix Redondo
Bien redondo y caballero
Señor de forja y martillo
Un bromista de los buenos,
animador del cotarro
en el corro dominguero.

 Oh gran Señor, que tenéis
un brazo tan justiciero
que saca chispas de gozo
al dominar el acero,
escuchadme, si os place,
mi Señor este argumento.

Era un domingo de agosto,
Era un domingo pequeño,
De esos que tiene el verano
Agarrados por el cuellos,
Iba de capa caída
Ya la tarde ¡bien me acuerdo!
El padre Sol se limpiaba
Los hocicos con los cerros;
cosquilleaba a la tierra
con los bigotes el cierzo....

Y fue entonces ¡Vive Dios!
¡no olvidaré tal momento!
Cuando arriba en el cotarro,
¡ay que cerquita del cielo!
Os encontré gran Señor,
Rodeado de escuderos
Acampados al abrigo
De un ruinoso vendedero.

 


                Fotografía de Félix Redondo
 

A vuestra derecha estaba,
Un capataz muy modesto;
Enfrente de Vos ¡pardiez!
El Nazario y el Niceto;
A la siniestra teníais,
Al Antonio, el zapatero,
Y al señor de la dulzaina,
Que es hogaño el cosechero
De zanahorias más grande
De nuestro querido pueblo;
Albañiles, labradores
Un sacristán, panaderos
Un herrador, un barista
Un matarife, un lucero;
Y para que tanta gracia
Lo supiere el mundo entero
También el ilustre Rufo
Hoy, por hoy la voz del pueblo.

Entre chupito y chupito
De vino quintanillero,
Se recordaban hazañas
De nuestros padres y abuelos,
De un alcalde padillano
De un cura manzanillero.

Entonces fue cuando Vos,
Poniendo al humor talento,
Dijisteis aquellas cosas,
Tan bien dichas, tan a tiempo,
Que hasta los cardos que tienen
La fama de ser tan serios,
Se reían, se reían...
Se meaban de contentos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Y fue entonces gran Señor,
Cuando ofrecisteis aquello
De no se que moraleja,
¡ que no pudimos saberlo!
¡Qué tendrá tal moraleja!
Donaría por saberlo
La mitad de Matabueyes,
El señorío que tengo
¡Qué tendrá tal moraleja!
¡Ay quien pudiera saberlo!


Señor, don Félix Redondo
Bien redondo y caballero
Vedme rendido a los pies
De Vuesa Merced sufriendo
Clavado en mi corazón
Un misterio tan tremendo.

 
Decidme la moraleja
O me retiro a un convento.
Para vivir sin saber
La moraleja, prefiero
Romper el jarro y dejar
Mi deshonra por el suelo,
Aunque lo pregone Rufo,
Hoy, por hoy la voz del pueblo.

 
Recibid pues, gran Señor
Sumisión y acatamiento
De quien sabéis os aprecia
Y del tío Lesmes es nieto.